Por qué se deben tomar garbanzos madrileños.

Garbanzo de Madrid

Con el apoyo que desde nuestro municipio y más concretamente desde el área de Medio Ambiente damos a la Garbancera Madrileña y a las acciones de recuperación del garbanzo autóctono queremos recomendar la lectura de este artículo de opinión escrito por Ricardo Ruiz de la Serna en La Gaceta.

Transcribimos aquí el articulo completo por lo interesante que nos parece.

 

Ricardo Ruiz de la Serna

Se llama “Cicer Arietinus”, pero todos los llamamos “garbanzo” y es el príncipe de las legumbres del mundo. Cultivado por primera vez hace más de once mil años en la tierra de Canaán, que mana leche y miel según la Escritura, tenemos testimonio de su llegada a España hace veintitrés siglos. Tito Livio cuenta que los cartagineses lo cultivaban mientras construían la señera Cartagena. Ahí es nada. No debe, pues, sorprendernos que quienes lo tomaban cruzasen los Alpes con sus elefantes, sembrasen el terror a las puertas de Roma y mantuviesen en jaque a la República. Con los garbanceros no se bromea. Uno empieza tomando garbanzos y termina cruzando el océano para descubrir América, construyendo el majestuoso monasterio de San Lorenzo del El Escorial o alzándose en armas contra Napoleón como aquellos madrileños del 2 de mayo de 1808.
En efecto, Madrid ha sido tierra de garbanzos desde hace mucho. No en vano, el plato madrileño por antonomasia es ese cocidito madrileño que cantaba Manolo Escobar. A diferencia de esos platos posmodernos que dejan famélico al cuerpo y sin nutrición al alma, el cocido, como Madrid, es acogedor, hospitalario y festivo. Estos garbanzos aceptan todo lo bueno y, como los pueblos de Madrid, dan la bienvenida a quien se acerca.

Sin embargo, ¡ay!, el garbanzo madrileño yacía olvidado de casi todos y sustituido por especies foráneas que le habían arrebatado el lugar que en justicia y derecho le correspondía y corresponde. La impiedad y la desmemoria lo habían arrinconado durante décadas hasta que llegaron a rescatarlo el IMIDRA, La Garbancera Madrileña y un grupo de productores que decidieron reparar este desafuero y alegrar de nuevo las mesas madrileñas.

IMIDRATodo comenzó con unas pocas semillas de garbanzo madrileño que el IMIDRA -acrónimo de Instituto Madrileño para el Desarrollo Agrario de la Comunidad de Madrid- conservaba y con el esfuerzo titánico de los pocos agricultores que mantenían viva la llama de su cultivo. Las cosechas eran escasas y apenas quedaban semillas. Entonces, trece municipios madrileños de ilustre memoria decidieron asociarse a los productores y fundar la asociación La Garbancera Madrileña para recuperar y comercializar el garbanzo autóctono de Madrid, alimento de reyes, sustento de príncipes y felicidad de todas las mesas. Gracias al apoyo de los hosteleros, los restaurantes comenzaron a servir platos con este ingrediente que volvía a su tierra para reclamar sus fueros.

Por derecho propio, este garbanzo madrileño merece un puesto de honor en los restaurantes de España. Debería ser invitado frecuente en comedores escolares, cafeterías universitarias y centros de mayores. Su valor nutritivo es innegable; su versatilidad, admirable; y su sabor acompaña generoso a carnes, pescados y aves. Simon Peres decía que que la agricultura es 95% ciencia así que ahí está el IMIDRA trabajando en nuevas variedades que enriquezcan la oferta de este alimento prodigioso.

Desde este fin de semana y hasta el 27 de enero, la Garbancera Madrileña ha organizado la I Ruta del Garbanzo Madrileño con Vinos de Madrid, un conjunto de eventos gastronómicos que aunarán promoción de los productos, degustación de los platos y felicidad de los asistentes. Este garbanzo es tan blando y delicioso que se deshace suavemente en la boca mientras uno va conversando con los amigos en torno a los cocidos y los potajes, que enriquecen el corazón y alegran el espíritu.

Garbancera MadrileñaDejen que me detenga aquí un instante y me ponga algo más grave. La Garbancera Madrileña ha sido posible gracias a la colaboración de alcaldes de distintos partidos políticos, empresarios y productores. Sin un municipalismo generoso, colaborativo y con altura de miras, hubiese sido imposible. Existe porque todos decidieron que la mejor política lleva a la gente a trabajar junta en lugar de tirarse los trastos a la cabeza por cualquier cosa. Aquí las diferencias de partido o de proyectos políticos ceden ante el bien común de los vecinos de estos trece pueblos admirables. Quede para perpetua memoria la lista de los trece municipios cuyos productores y alcaldes, por encima de sus diferencias, han sabido trabajar juntos en La Garbancera Madrileña de modo que se honren los nombres de Brunete, Navalcarnero, Sevilla la Nueva, Villaviciosa de Odón, Boadilla del Monte, Villanueva de Perales, Villamantilla, Villamanta, Quijorna, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo, Valdemorillo y Colmenar del Arroyo.

Que todos los caminos conduzcan a ellos, que sus posadas se llenen y sus fondas rebosen de comensales satisfechos. Que todos vean que, en España, ni la razón, ni el sentido común ni la inteligencia han desaparecido por completo.

Durante siglos, los guisos, los potajes y los cocidos han invitado a la convivialidad, la fraternidad y la camaradería. La adafina, receta judía por excelencia, se come en familia en sábado y, en torno a ella, se charla, se recuerda y se celebra la vida. El islam recomienda, en general, no comer en soledad sino en compañía. En Persia, el “abgusht” da fe del afortunado maridaje del cordero, la col y el garbanzo. No debe, pues, sorprender que los pueblos hospitalarios y amistosos tomen esta legumbre principesca.

Cuenta el Segundo Libro de Samuel que, cuando el rey David llegó a Majanáin, le presentaron como ofrendas “camas, y tazas, y vasijas de barro, y trigo, y cebada, y harina, y grano tostado, habas, lentejas, y garbanzos tostados,”. A mí me gusta pensar que, entre los platos de las bodas de Caná, símbolo del Reino, habría algún plato majestuoso con sus garbanzos y sus carnes o una bandejita con hummus para ir mojando el pan de pita.

Esta I Ruta del Garbanzo Madrileño nos brinda la oportunidad de vivir, gracias a La Garbancera Madrileña, esa experiencia de encuentro y amistad en torno a los platos de cuchara preparados con tan excepcional alimento. Nos permite hablar y discutir -que no equivale a pelear- bromear y recordar quiénes somos y qué nos une por encima de lo que nos separa. Gracias al garbanzo madrileño tenemos, pues, la ocasión de recordar que un buen cocido y nuestros seres queridos son un buen punto de partida para una vida feliz. En torno a la cazuela, los amigos se abrazan, los adversarios se reconcilian y los discrepantes tratan de entenderse. He aquí el gran servicio que el garbanzo madrileño puede rendirle a España.

 

Fuente La Gaceta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *